No existe redención posible para los vejámenes que te cometería.
No se explica en horas la condena que recibiré cuando hunda mis dientes en tu pecho, en tus nalgas, cuando hunda mis dientes en cualquier almohada que te tapuje la boca. Nadie, ni siquiera en el cielo mismo perdonarían mis horas de lujuria y deseo desparramadas en tu cuerpo. Caeré tan bajo en las escalas de la decencia que me dará vergüenza soltarte las caderas. Marcaré tu espalda con nuestro sudor, y la lagrima será esa lluvia tan fría que besaras de mi pecho…cada racimo de orgasmos zumbaran en tu cuerpo semanas tras semanas aflojando tus manos flacas y finas, olerás tu pelo con mi semen y fingirás que no te gusta…que te da asco.
Aborda mi vida el aroma a pino empapado que levanta un sol profundo tras la madrugada fría. Mi habitación se baña de verano, de calor, de semillas, de música de álamos jugando con el viento. Mi habitación se queja…
No existe redención posible para los vejámenes que te cometería. Ayer te ví. Estoy seguro que jugabas entre los demás a verme caminar, a ver si deseaba otros cuerpos, si me moría con algunas otras piernas, con otros pechos, con otras caritas. Mirabas escondida entre varones, que después destratarás sentada desnuda al borde de mi cama, como bamboleaban tus ganas en mi boca…
Lo se…estabas ahí…tu deseo me tocaba la espalda, me provocaba, me mojaba las yemas de los dedos para que las pasara por tu cuerpo…te desnudabas a escondidas y tu olor me gritaba.
El final llegó…te ganó el color de verano y saliste por la puerta como si nunca te hubiese pasado nada. Emprendiste viaje, llegaste, te miraste extrañada y allí estabas…con la camisa desprendida, sudando y tus manitos flacas aún apretaban mis hombros.
domingo, 4 de marzo de 2012
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