lunes, 5 de marzo de 2012

El Estudiante

"...construir implica vestirse de aventurero divisor de "como quedara". El espacio muerto y vacio de la nada se empapa de deseo de ser invadido por uno, o más "hacedores" de historias con cemento, ladrillos, palabras y puteadas...por eso hoy, desde "dichosdecallejon" abrimos el portón de la ignominia presentando a Aureliano...virtuoso hacedor de historias y patriarca en soledades y desdenes...a disfrutarlo..."
Lachirinos



Metro sesenta y tantos, pelo castaño y ojos marrones.
En su país esa era una descripción común; en cada esquina de cada cuadra de cada barrio de cada ciudad se podían encontrar muchachos de 18 años como él que respondían a esa descripción.
Sin embargo, él, sentado en ese porche, , fumando ese cigarro, respirando ese fresco primaveral, se sentía único. Especial. Al igual que el resto de los jóvenes que tenían esas mismas características, y a tantas otras.
“El mal del siglo 21” pensó mientras sonreía. El programa periodístico de trasnoche ronroneaba en esa tele Metz modelo 82 adentro de la casa y su cabeza volvía a las clases de literatura de sexto en las cuales había sido instruido sobre el mal del siglo XX, romanticismo, búsqueda existencial y tantos otros temas, apenas trascendentes en su presente y fundamentales en su cabeza.
Varias veces deseo poder escribir, pero escribir de verdad. Tener ese poder de escritura que hace que las cabezas cambien, que los hombres actúen, que las estructuras se rompan.
“Cada vez mas únicos y mas iguales” pensó, y ya no sonrió mas.
Nunca entendió a la gente, sus costumbres, sus posturas ni sus acciones. Siempre se sintió un fantasma, deambulando por ahí, ajeno a todo y sin sentir, como rezaba una canción no tan popular de un conjunto popular de su país. Bah, una vez había sentido, pero no iba a cometer el mismo error dos veces.
Justamente esa sensación de no pertenencia era lo que lo hacia sentirse cada vez mas parte de su sociedad. De esa sociedad.
Porque, al fin y al cabo, si todos somos diferentes, nadie es diferente, ¿no?
Esa sensación de diferencia era lo que lo separaba y lo ataba a los demás. Lo hacia libre y lo encadenaba a ese suelo absurdo al que había sido implantado.
Pensó en un buen final para un cuento que quería escribir.
No se le ocurrió nada, prendió otro pucho.
Sonreía.





Por Aureliano

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