"...construir implica vestirse de aventurero divisor de "como quedara". El espacio muerto y vacio de la nada se empapa de deseo de ser invadido por uno, o más "hacedores" de historias con cemento, ladrillos, palabras y puteadas...por eso hoy, desde "dichosdecallejon" abrimos el portón de la ignominia presentando a Aureliano...virtuoso hacedor de historias y patriarca en soledades y desdenes...a disfrutarlo..."
Lachirinos
Metro sesenta y tantos, pelo castaño y ojos marrones.
En su país esa era una descripción común; en cada esquina de cada cuadra de cada barrio de cada ciudad se podían encontrar muchachos de 18 años como él que respondían a esa descripción.
Sin embargo, él, sentado en ese porche, , fumando ese cigarro, respirando ese fresco primaveral, se sentía único. Especial. Al igual que el resto de los jóvenes que tenían esas mismas características, y a tantas otras.
“El mal del siglo 21” pensó mientras sonreía. El programa periodístico de trasnoche ronroneaba en esa tele Metz modelo 82 adentro de la casa y su cabeza volvía a las clases de literatura de sexto en las cuales había sido instruido sobre el mal del siglo XX, romanticismo, búsqueda existencial y tantos otros temas, apenas trascendentes en su presente y fundamentales en su cabeza.
Varias veces deseo poder escribir, pero escribir de verdad. Tener ese poder de escritura que hace que las cabezas cambien, que los hombres actúen, que las estructuras se rompan.
“Cada vez mas únicos y mas iguales” pensó, y ya no sonrió mas.
Nunca entendió a la gente, sus costumbres, sus posturas ni sus acciones. Siempre se sintió un fantasma, deambulando por ahí, ajeno a todo y sin sentir, como rezaba una canción no tan popular de un conjunto popular de su país. Bah, una vez había sentido, pero no iba a cometer el mismo error dos veces.
Justamente esa sensación de no pertenencia era lo que lo hacia sentirse cada vez mas parte de su sociedad. De esa sociedad.
Porque, al fin y al cabo, si todos somos diferentes, nadie es diferente, ¿no?
Esa sensación de diferencia era lo que lo separaba y lo ataba a los demás. Lo hacia libre y lo encadenaba a ese suelo absurdo al que había sido implantado.
Pensó en un buen final para un cuento que quería escribir.
No se le ocurrió nada, prendió otro pucho.
Sonreía.
Por Aureliano
lunes, 5 de marzo de 2012
Liquidación por cierre
Las tormentas, todas ellas, me recuerdan como por obligación a esas tardes en el pasto. Prendido a tu cintura después del naufragio, soportando el embate de las olas y el frío gélido del mar.
Al pasto de cualquier lugar, incluso pasto de cemento, pasto de muros donde se hace el amor cuando pendejo, pasto de horas de música en silencio, pasto de colchón, marihuana y vino tinto, chocolate, manos firmes y siluetas de atardecer.
Pero solo cuando hay tormenta me pasa esto…el resto de las jornadas pesan. Acuestan mi semblante hasta putear al borde del lagrimeo, jornadas donde recuerdo vagamente lo que soy, muy fuerte lo que fui, y ganas de recordar lo que nunca seré.
Allá, en aquel pasto, las vísceras no hieden, las esperas son deliciosas y siempre hay hembras o machos dispuestos a satisfacer los más bajos instintos debajo de las cinturas. En aquel pasto el “te amo” te lo dibujaba con saliva en la espalda, el te amo no se decía a menos que hubiese tormenta y tus mejillas hinchadas pegaran contra el ventanal a la playa…en aquel pasto todos tus pechos se desviven por ser besados, todas tus manos abrazan algunas de mis caricias, en aquel pasto todos tus deseos son los míos, se cagan de risa de lo bueno y lo malo, se hartan de esperar y se aman sin preguntar ¿por que? ni ¿cuándo?...
Aquel pasto te lo llevaste pegado en tus zapatillas, y ahora sabremos que desparramas tramos de esta historia cada vez que chancleteas por tu cuadra.
Pero solo cuando hay tormenta…como hoy!!!
Al pasto de cualquier lugar, incluso pasto de cemento, pasto de muros donde se hace el amor cuando pendejo, pasto de horas de música en silencio, pasto de colchón, marihuana y vino tinto, chocolate, manos firmes y siluetas de atardecer.
Pero solo cuando hay tormenta me pasa esto…el resto de las jornadas pesan. Acuestan mi semblante hasta putear al borde del lagrimeo, jornadas donde recuerdo vagamente lo que soy, muy fuerte lo que fui, y ganas de recordar lo que nunca seré.
Allá, en aquel pasto, las vísceras no hieden, las esperas son deliciosas y siempre hay hembras o machos dispuestos a satisfacer los más bajos instintos debajo de las cinturas. En aquel pasto el “te amo” te lo dibujaba con saliva en la espalda, el te amo no se decía a menos que hubiese tormenta y tus mejillas hinchadas pegaran contra el ventanal a la playa…en aquel pasto todos tus pechos se desviven por ser besados, todas tus manos abrazan algunas de mis caricias, en aquel pasto todos tus deseos son los míos, se cagan de risa de lo bueno y lo malo, se hartan de esperar y se aman sin preguntar ¿por que? ni ¿cuándo?...
Aquel pasto te lo llevaste pegado en tus zapatillas, y ahora sabremos que desparramas tramos de esta historia cada vez que chancleteas por tu cuadra.
Pero solo cuando hay tormenta…como hoy!!!
domingo, 4 de marzo de 2012
No viniste a pensar...vestida nadie socava tu pelo claro.
No existe redención posible para los vejámenes que te cometería.
No se explica en horas la condena que recibiré cuando hunda mis dientes en tu pecho, en tus nalgas, cuando hunda mis dientes en cualquier almohada que te tapuje la boca. Nadie, ni siquiera en el cielo mismo perdonarían mis horas de lujuria y deseo desparramadas en tu cuerpo. Caeré tan bajo en las escalas de la decencia que me dará vergüenza soltarte las caderas. Marcaré tu espalda con nuestro sudor, y la lagrima será esa lluvia tan fría que besaras de mi pecho…cada racimo de orgasmos zumbaran en tu cuerpo semanas tras semanas aflojando tus manos flacas y finas, olerás tu pelo con mi semen y fingirás que no te gusta…que te da asco.
Aborda mi vida el aroma a pino empapado que levanta un sol profundo tras la madrugada fría. Mi habitación se baña de verano, de calor, de semillas, de música de álamos jugando con el viento. Mi habitación se queja…
No existe redención posible para los vejámenes que te cometería. Ayer te ví. Estoy seguro que jugabas entre los demás a verme caminar, a ver si deseaba otros cuerpos, si me moría con algunas otras piernas, con otros pechos, con otras caritas. Mirabas escondida entre varones, que después destratarás sentada desnuda al borde de mi cama, como bamboleaban tus ganas en mi boca…
Lo se…estabas ahí…tu deseo me tocaba la espalda, me provocaba, me mojaba las yemas de los dedos para que las pasara por tu cuerpo…te desnudabas a escondidas y tu olor me gritaba.
El final llegó…te ganó el color de verano y saliste por la puerta como si nunca te hubiese pasado nada. Emprendiste viaje, llegaste, te miraste extrañada y allí estabas…con la camisa desprendida, sudando y tus manitos flacas aún apretaban mis hombros.
No se explica en horas la condena que recibiré cuando hunda mis dientes en tu pecho, en tus nalgas, cuando hunda mis dientes en cualquier almohada que te tapuje la boca. Nadie, ni siquiera en el cielo mismo perdonarían mis horas de lujuria y deseo desparramadas en tu cuerpo. Caeré tan bajo en las escalas de la decencia que me dará vergüenza soltarte las caderas. Marcaré tu espalda con nuestro sudor, y la lagrima será esa lluvia tan fría que besaras de mi pecho…cada racimo de orgasmos zumbaran en tu cuerpo semanas tras semanas aflojando tus manos flacas y finas, olerás tu pelo con mi semen y fingirás que no te gusta…que te da asco.
Aborda mi vida el aroma a pino empapado que levanta un sol profundo tras la madrugada fría. Mi habitación se baña de verano, de calor, de semillas, de música de álamos jugando con el viento. Mi habitación se queja…
No existe redención posible para los vejámenes que te cometería. Ayer te ví. Estoy seguro que jugabas entre los demás a verme caminar, a ver si deseaba otros cuerpos, si me moría con algunas otras piernas, con otros pechos, con otras caritas. Mirabas escondida entre varones, que después destratarás sentada desnuda al borde de mi cama, como bamboleaban tus ganas en mi boca…
Lo se…estabas ahí…tu deseo me tocaba la espalda, me provocaba, me mojaba las yemas de los dedos para que las pasara por tu cuerpo…te desnudabas a escondidas y tu olor me gritaba.
El final llegó…te ganó el color de verano y saliste por la puerta como si nunca te hubiese pasado nada. Emprendiste viaje, llegaste, te miraste extrañada y allí estabas…con la camisa desprendida, sudando y tus manitos flacas aún apretaban mis hombros.
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