lunes, 15 de agosto de 2011

Carta de Caín a una pendeja enamorada...

Estas de lujo añadió metiéndole una mano entre los pechos. Acarició cada seno con la dulzura peculiar del enamorado, las palabras eran toscas, groseras y fuera del encantamiento que sus cuerpos habían conciliado. Las sábanas chirriaban entre los cuerpos, los cuerpos delicados y sudorosos bailaban en el aire y las cenizas del destierro adornaron con lujos de estrellas titilantes el cielo de espuma-plast. Aroma a marihuana, a sexo, a alcohol y a eso que pocos sabemos describir…aroma a humedad de tierras conocidas por casualidad, aroma a sencillez entre ojos que se pierden y vuelven al camino para simplemente volverse a perder, aroma a plenitud abstracta, a desorden voluntario de sensaciones perdidas.
Decían algunas cosas por sorpresa, la música de pasos desnudos en el piso de madera, alegraban los destellos de caricias sin cesar. Cada pausa de refresco, de cigarrillos, de porro, de vino, de gemidos, hacían vuelo en la casa sola de guitarra y piano callados. Al fin de la jornada, cuando el sol desblindaba los verdaderos rostros, cada uno amó a su manera…esperaron hasta el otro día para dudar en el amor y en el re-encuentro de las almas, dudaron una noche, tres meses, dos años.

Pasan así los años tan lentos como las malas nubes y los fríos de invierno, El lazo se mantuvo con desprecio de los demás y mentiras a ellos mismos…En un callejón empedrado festoneado por faroles y empalagado de “nueva mujer”, el pibe sintió el frío, pidió morir, sintió caer y no le dieron el lujo de echarse a correr y ser el mismo cagón, de siempre. Dijo te amo, o te amé…-se que si-…te pido perdón...-no hay porque-…

…de sexo nadie habló, o por lo menos no se dijo ni una palabra…

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