viernes, 17 de junio de 2011

Aníbal y las horas de desidia.

...por Lachirinos...


Lo peor de esta historia es que no recuerdo si es real, o si la repetición ardua y segura de los hechos hizo de una fábula, una verdad indiscutible. En el inconsciente de todos vaga la idea de que fue, o de que pudo haber sido, o de que en algún momento será. Les dejo a continuación el relato lo más fidedigno a la historia, al momento, lo más cronológicamente posible…
Aníbal cruzó la calle resbalando entre la humedad y el cemento incomodo del mediodía. Tocándose los bolsillos asegurándose de que todo estuviera en su lugar, asegurándose de que lo poco que llevaba, lo siguiera acompañando. Mediodía tibio y denso, húmedo y sofocante, como si el vaho aplastara contra la tierra a los transeúntes. Aníbal patinaba, flotaba impune entre una vereda y otra, el reloj de la calle marcaba horas lejanas y temperaturas inexactas.
Pretendía caminar hasta su casa, llegar, café, cigarrillos, música, lectura quizás o dedicarse a sus apuntes y escrituras. Pretendía llegar…pero como en toda historia que carece de exactitud, no sabemos si llegó, si simplemente nunca salió del boliche, o si entre ambas localidades pasó alguna peripecia desconocida.
Había llegado al “Gavilán” el día anterior por la noche. Quedose en encontrar con sus amigos (testigos básicos para este relato) en el bar de siempre. Entró, saludó, pidió y se acodó. Mirada perdida, ojos sueltos en orbitas abstractas atisbando la sala en todo su opaca y lúgubre expresión. Los más allegados a Aníbal, Martínez y el Manso, lo vieron ido, lo observaban analíticamente. Se miraban entre sí, se hacían gestos, se preguntaban con silencios quien iba a ser el valiente de abordar el problema de Aníbal. Años y años de “yunta” hacían del conocimiento personal una arte, una estrategia plasmada en lazos amplios y estrechos de horas de amistad. Por eso, decidieron ir juntos. Martínez y el Manso lo llevaron al baño, disimuladamente le preguntaron en que andaba, que tenía, que pasaba por esa cabeza siempre prendida en imaginaciones absurdas, canciones irreproducibles, letras intrincadas en la manipulación de la historia. –Nada-contestó Aníbal.
Se veía en la noche fría las palabras secas de Aníbal, se veía que esta vez, el “poeta de la barra” (como le decían los más viejos) había partido en un viaje solitario y sin retorno donde nadie conocía siquiera la parada del ómnibus. Tras preguntarle a sus amigos, F. Martínez y Hugo Pérez alias el Manso, si recordaban haberlo escuchado hablar, no hubo una respuesta clara y definitivamente veraz que atestiguara las palabras de Aníbal.
Las horas corrían a la par de las copas, los compañeros iban y otros amigos volvían, la noche se desplegaba afuera limpiamente dejando ver sus ribetes de sabana con puntillas estrelladas sobre “el Gavilán”. La madrugada, asechando a los borrachos, cada vez más cerca, dejó en evidencia la necesidad de partir cada uno para sus hogares; eso hizo Aníbal. Por eso, y a acá la parte más rara del relato, no se entendía como era mediodía y aún deambulaba por la ciudad, considerando que el boliche quedaba a tres cuadras de su casa, Perez Montes, Arauca y Severino Sierra, no más.
Prestando mayor atención que de costumbre, miró la puerta. La chapa que se alzaba en lo alto a la derecha decía claramente Jujuy 2334; era su casa. Las llaves que musicalizaban con timbales su marcha, navegaban en sus bolsillos entre fósforos, puchos, monedas y tres piedras azules “pa la suerte” que le había regalado en Rocha unas veteranas muy amables. En ese momento recordó que no había hablado por más de diez y seis horas, se había olvidado de su voz, no era que no reconociera las palabras, no reconocía su voz, no recordaba su sonido. Pensó…los segundos fueron y vinieron, siquiera en el monólogo interno que lo asechaba, su voz se había hecho presente. Se asustó. Lo recorrió un frío largo y pausado, pero no prestó atención, el miedo era algo humano y vivirlo era disfrutarlo y mejorar su psiquis y su cuerpo para otras posibles situaciones similares.
Entró a su casa. Música de jazz que un amigo le había traído de un viaje y el café. Cigarrillos dispuestos en fila armando un batallón listo y seguros de su futuro, y se sentó.
Las 14:00hrs en el reloj de pared simularon no ver a sus amigos, Martínez y el Manso llegar y cuestionario mediante, quedar helados, acá el relato toma el tinte indescriptible de las sensaciones personales. Para el Manso, que era el más bruto, parecía muerto en vida, Martínez no se comprometió tanto y dijo que estaba helado e ido, como un busto imponente de una vida que se había perdido dentro de un cuerpo con vida.

Las personas que lo conocieron antes de la noche del “Gavilán” no daban crédito. Los que lo conocimos después de aquella noche, donde las anécdotas son miles, seguimos viendo en ese hombre la intrínseca sensación de paz y virtud de un ser que ha pasado entre la materia pesada de la cotidianeidad, para despegar en sus horas buenas, hacía un estado un tanto más agradable, donde todo fluye entre letras, cafés, música, historias y cuentos únicos.
Lo esperamos todas las noches en el “Gavilán”. El, Aníbal, sigue esperando todas las tardes a que vuelva su voz, ronca, pálida ya ardida por el medio y medio y los Richmond.

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